domingo, 4 de marzo de 2018

El cine



Era pleno mes agosto, verano, semana de calor y  por suerte unos días de vacaciones. Aunque nada del otro mundo, semanita en la playa en el apartamento de mis padres. Por suerte mis progenitores se llevarían el fin de semana al chaval a las fiestas del pueblo, por donde pasaríamos a recogerlo mi esposo y yo el domingo de regreso a casa.  Había depositado muchas esperanzas en el sábado a la noche. Anhelaba salir a cenar, bailar y poder hacer el amor con mi marido al regresar al apartamento como cuando novios, antes de nacer nuestro chaval. Era la primera vez en mucho tiempo que disponíamos de un fin de semana para nosotros solos como pareja y para qué negarlo, tanto calor y tanta carne en la playa había despertado mi lado más caliente.

Ya a mitad semana le comenté a mi marido lo de salir a cenar y que luego me llevase a bailar, incluso me puse mimosa haciéndole ver que estaba receptiva y que por suerte no tendría la regla en esos días. Yo creo que no captó mis indirectas, a pesar de ser bien directas. Él se empeñó en ir al cine. Imaginaos, sábado noche en la playa e ir al cine, encima se empecinó en ver algo en versión original que para eso había muchos guiris y daban las pelis en inglés. Mi cabreo era mayúsculo. Así que tras mucho discutirlo con mi esposo acordamos salir a cenar,  sesión golfa en el cine y luego baile. De esta forma nos contentábamos los dos. Por supuesto cedió que si yo consentía en ir al cine, a él le tocaba estirarse y llevarme a un sitio caro, elegante, nada de pizzas ni bocadillos a lo cutre. Así que nos arreglamos lo justo  para la ocasión.

Ya durante la semana le dediqué tiempo a mi cuerpo para estar guapa. Peluquería, depilación, cremas, uñas y sobretodo el detalle más importante: arreglarme el jardincito. Esa fina tira de pelillos que decora mi pubis y que indica a al tontorrón de mi marido el camino que debe seguir desde mi vientre hasta el cielo.

Para la ocasión recuperé un vestido blanco tipo ibicenco de algún tiempo atrás muy escotado, con una minifalda de vuelo y con el que a pesar de los años me sentía estupenda. Lo malo es que con los lavados el vestido había encogido y me venía muy ajustado, demasiado. De producirse algún descuido lo enseñaría todo y es que me había aumentado el pecho tras la lactancia y tenía algo más de culo. Pero aun así, más o menos adecuado a mis intereses. Encajaba a la perfección en mi cuerpo para tratar de llamar la atención de mi esposo. Al tratarse de un escote en “v” de esos que se anudan a la espalda bastante pronunciado opté por no ponerme sostén. En el último momento accedí a ponerme un tanga que me regaló mi marido por nuestro aniversario a sugerencia suya de esos tipo americano de encaje blanco y que se transparentaba a la luz con la tela lo justo y suficiente. Medio tacón en sandalias de cáñamo y labios de rojo. Me cogí una chaquetilla fina de punto para cubrirme en el cine por si ponían el aire acondicionado demasiado fuerte o por si refrescaba en la noche. Mis pezones enseguida se ponen sensibles con la temperatura.

Estaba divina de la muerte cuando me miré por última vez antes de salir de casa.

El restaurante lo eligió mi marido y no me defraudó. Elegante, nada de menú del día, buena cubertería y vajilla, mantel de tela y camareros profesionales. Lo cierto es que superó mis expectativas y por eso que pintaba bien la noche me excedí con el vino, un excelente sangre de toro con cuerpo. Salí algo contenta y mareada pero menos mal que en el cine se me pasaría.

La peli que quiso ir a ver marido era en versión original subtitulada, vamos un rollo. Flores de Canadá se titulaba. Ya supuse que el local estaría lleno de frikis como él, de frikis y de guiris.

Llegamos con tiempo. Apenas cuatro o seis personas en una sala de doscientas. Con las luces aún dadas nos acomodaron en una fila central con ambos asientos libres a los dos lados. Para el inicio de los anuncios deje mi bolso y la chaquetilla en el asiento libre de al lado pero la mala suerte quiso que al poco de apagarse la luz tuviera que retirarlos a petición de otro cinéfilo que se sentó a mi lado.

“Pero mira que hay asientos libres y se va asentar a mi lado” pensé al tiempo que lo justificaba porque efectivamente eran las mejores butacas de la sala.

La peli comenzó.  Como suponía era un rollazo. A poco me quedo dormida en los primeros diez minutos de no ser porque el espectador de al lado apoyó su brazo junto al mío en el reposabrazos común que separaba nuestras butacas. Inevitablemente nuestras pieles entraron en contacto. Supongo que al llegar nosotros primeros me otorgué el derecho a usar el reposabrazos en exclusiva. Por el contrario, el recién llegado no debió de pensar lo mismo.

Al ser más fuerte que yo no le costó un pelo desplazar mi brazo de tal forma que a poco se resbala dejándome fuera de sitio.

“Pero que se habrá creído este tío” pensé mirando al energúmeno que estaba a mí lado y volví a depositar mi codo en el reposabrazos con la intención de defender mi espacio. Debido a la brusquedad de mi acto y al contacto que se produjo de nuevo entre nuestras pieles, el recién llegado giró la cabeza para ver lo que estaba pasando en ese espacio que nos separaba. Quiso mirar su contrincante en la contienda. Yo creo que se pensó era mi marido y en cambio se sorprendió al ver a una mujer.

Yo le sonreí como por cortesía, dándole a entender que respetase el espacio común, en cambio su mirada fue desconcertante. No sabría precisar si me miró de forma lasciva repasándome de arriba abajo o por el contrario si me miró como pidiendo perdón por ser mujer.  Eso sí, si se pensaba que iba a retirar mi brazo estaba muy equivocado.

La peli transcurrió sin nada interesante que contar, me costaba entenderla y seguir el argumento, así que me dediqué a mirar a mi alrededor tratando de pasar el tiempo.

Al primero que miré fue a mi esposo. Mi marido estaba absorto en la peli, como abducido por la pantalla mientras engullía un boll de palomitas maxigigante. Me preguntaba cómo era capaz de meterse unas palomitas después de haber cenado. Parecía como un pez que come todo cuanto se le pone por delante, no sabe parar y así está.

Como a mi marido lo tengo muy visto y no había nadie alrededor me dediqué a observar a mi otro acompañante. Se trataba de un señor mayor, calvo en el centro y con pelo canoso rodeando la calva, regordete y con barba de varios días. Aspecto descuidado. Posiblemente guiri, inglés o alemán por las pintas de tragar cerveza. Vestía de sandalias en bermudas  y una camiseta en la que creía adivinar alguna mancha. Seguramente de alcohol. Vamos el típico cerdo de vacaciones por España.

Terminé fijándome en su brazo, ese cuyo codo contactaba con el mío. Algún pelo y muchas pecas. Un tatuaje en su parte más alta. Algo rojo por el sol, lo que confirmaba que seguramente sería extranjero. El tipo tenía las dos manos entrelazadas descansando ambas sobre su prominente barriga. Se le veía cómodo a sus anchas espatarrado en la butaca. Me sorprendió observándolo. Miró primero mi piernas, luego mis pechos y por fín me miró a los ojos. De nuevo cruzamos los dos una forzada sonrisa, circunstancia que él aprovecho para separar sus manos de la posición en la que estaban y apoyar ahora su brazo a lo largo de todo el reposabrazos que compartíamos. Ya no contactaban nuestras pieles tan solo por su codo, sino que ahora todo el brazo y gran parte del antebrazo se estaban rozando.

Mi primer instinto fue el de retirar mi brazo ante el roce y el contacto, pero pensándolo mejor cambié de opinión. Yo estaba antes que él ocupando el sitio y por tanto me creía con más derecho a estar cómoda. No tenía por qué apartarme ni retirar el brazo. Desde luego que él no lo apartó. Yo lo miré con la boca entre abierta por su falta de cortesía y él me miró como si no pasara nada sonriendo satíricamente. Luego continuó viendo la peli ignorándome por completo, a pesar de que yo continuaba observándolo a la espera de que como compañero de butaca retirase su brazo cortésmente. Pero nada de nada. Mi espera fue en vano. Ni un atisbo de caballerosidad por su parte.

Tampoco pude concentrarme en la película ni estar atenta, porque superado el pudor del roce de nuestras pieles, advertí  que me hacían cosquillas sus pelillos del brazo. Me provocaban un extraño hormigueo en todo el cuerpo, que si bien al principio me resultó escrupuloso, minuto a minuto le fui restando importancia y terminé por acostumbrarme al contacto físico entre ambos. No le dediqué mayor atención que la de sentirme incómoda.

Con el transcurso del tiempo y como la peli era aburrida de narices, me fui quedando adormilada. Desperté de mi ensoñación al sentir los pelillos de sus piernas en contacto con  las mías. De nuevo esas extrañas cosquillas provocadas por los pelillos de su cuerpo no solo en mi brazo sino también en mis piernas. Además se produjo un insignificante roce de la yema de unos dedos que no eran los míos en mi pierna a la altura de la rodilla. Con el sueño había relajado mis piernas que se habrían de par en par de forma algo vulgar en la butaca. Y el caso es que descubrí repentinamente que el sutil roce de los dedos de ese hombre en mi pierna me quemaban como quien apaga un cigarrillo en la piel. Estuve a punto de recriminarle su osadía que creí intencionada pero me contuve. Aguanté la respiración antes de decirle nada. Bien pensado no tenía claro quien provocó primero el roce de nuestras piernas. A él lo veía descuidado, parecía ignorarme. Su brazo descansaba a lo largo de todo el reposabrazos de tal forma que su muñeca caía muerta al final del separador suspendida sobre ambas piernas, rozándose sus dedos tanto con su pierna como con mi rodilla en tan sutil caricia. De esta forma colgaban descuidados sus dedos de los que no sabría precisar si contactaban con su rodilla o con la piel de mis muslos pegados a la altura de su rodilla. Una situación extraña. Yo me había espatarrado al quedarme adormilada y supuse que era de esta forma como habían entrado en contacto nuestras piernas así como la yema de sus dedos y mi pierna.

Estaba ensimismada en mis pensamientos cuando en esas que mi vecino de butaca me mira de forma maliciosa deteniéndose en contemplar mis piernas brillantes de crema  y bien bronceadas por el sol. Pareció alegrarse de verme despierta, es más, creó que esperó a ese momento en que despiertas del trance,  para dejar  caer su mano sobre mi pierna sin ningún tipo de miramiento ni recato, acariciándome descaradamente mi pierna a la altura de la rodilla. Ahora sí que  no tuve dudas sobre sus caricias. No tenían nada de inocentes. El muy cerdo seguramente se habría puesto las botas mientras dormía y disimuló conforme desperté.

“Pero qué carajo…” pensé al tiempo que por instinto reaccioné cruzando las piernas de inmediato alejándolas del alcance de su asquerosa mano. Me agarré al brazo de mi esposo reclinándome con medio cuerpo hacia su butaca para alejarme cuanto  pude dentro de mi asiento del osado vecino. Quise acurrucarme en los bíceps de mi esposo.

.-¿Cariño estas bien?-. Me preguntó mi marido sorprendido por la brusquedad de mi cambio de posición.

Dudé, dudé por un segundo. En ese momento le tenía que haber contado la verdad a mi esposo para que le diera una buena paliza a ese tipo y en cambio opté por dejarlo pasar, le dí un pico en su hombro y le dije:

.-No nada cari estoy bien.- Le respondí aferrándome a su brazo como salvación evitando montar así el numerito.

Después de darle un beso en el hombro a mi esposo mimosa demostrando a mi vecino nuestro afecto, y frotando de esta manera su brazo a dos manos en señal de cariño, quise mirar desafiante a mi atrevido vecino en plan “si lo vuelves a intentar mi marido te escacha la cabeza”. Anhelaba que lo hubiese visto todo y que desistiese de cometer ninguna nueva tontería.

Pero casi fue peor el remedio que la enfermedad, al cruzar mis piernas y reclinarme hacia el lado de mi esposo la mala suerte, o mejor dicho el vestido, quiso que la falda se subiese lo suficiente como para que le mostrara al extraño compañero de butaca prácticamente toda la pierna en su longitud y gran parte del culo. Había cruzado las piernas de tal forma que  mi falda aún era más corta que antes, ofreciendo una magnífica visión de la parte baja de mis nalgas. Claro que me vio todo. No se perdió ni un detalle de mi anatomía a pesar de la penumbra. Abrió unos ojos como platos. Dedujo así que llevaría tanga bajo el vestido al no vislumbrar tela lateral que cubriese la parte baja de mis cachetes. Lo peor de todo fue soportar su mirada. Una mirada lasciva, lujuriosa, de cerdo salido, asquerosa. Como si nunca hubiera visto un culo en su vida. Baboso.

Por acto reflejo me volví a sentar correctamente estirando mi falda cuanto pude por debajo de mi cuerpo. Preferí la proximidad de mi pierna a su mano a que me viese el culo en la otra posición. Hubo un claro gesto de desaprobación en su cara al recuperar mi posición pues se le terminaba el espectáculo. Por suerte eso fue todo en un rato. Se mantuvo a raya durante un tiempo.

Pasaron unos minutos más de película. Yo por supuesto ya no estaba cómoda. Creo que se notaba a siete leguas aunque mi marido no se enteraba de nada.  Estuve a punto de comentarle a mi marido de  cambiar de posición, pero de hacerlo ya veía el lío al darle explicaciones. Mejor dejarlo pasar. Esperar, esperar a que todo terminase.

Al poco tiempo de tregua mi acompañante regresó de nuevo a las andanzas. Aprovechó un descuido por mi parte para dejar de nuevo su brazo apoyado a lo largo de todo el reposabrazos al igual que el mío buscando pleno contacto de nuestras pieles. Yo no estuve por labor de dejarme amedrentar y no retiré mi brazo, defendí el sitio que me correspondía. No sé si intencionadamente o no, el caso es él comenzó a mover su dedo meñique rozándose con el mío que descansaba a su lado en posición espejo. Todo era muy sutil, descuidado, tímidas caricias, su dedo me rozaba un instante y al instante siguiente lo retiraba. Apenas un milímetro de separación entre nuestras manos y nuestras piernas. El roce y el contacto se producían al ritmo de la respiración. Intermitente. Ahora sí, ahora no. Jugando siempre con los tiempos y al límite para que yo no pudiera recriminarle nada.

“ Igual son todo imaginaciones mías” pensé tratando de asimilar lo que estaba sucediendo. “Igual la culpa es mía por beber más vino del que debiera en la cena y ahora estaba distorsionando la realidad”. Desde luego que mis dudas eran su mejor arma.

De repente me interesa la película. En la pantalla se va a suceder la típica escena de amor entre los protagonistas.  Mi vecino también lo sabe y aprovecha el momento para apoyar su rodilla de nuevo contra la mía. La aparté mostrando mala gana por su comportamiento. Lo miré. Me estaba mirando las piernas. Mejor dicho, me estaba follando con la mirada. Cruzamos los ojos en la penumbra, yo para recriminarle su actitud y él para adivinar mi reacción ante su próximo intento. Ya no tengo dudas. Es un pervertido de tomo y lomo.

Para colmo en esos momentos en la pantalla se proyectan las escenas de sexo más explícito de la película. Siento que mi vecino aparta el brazo que descansa entre nosotros.¡¡ Al fin!!, ¡victoria!. Siempre tendemos a pensar que todo es debido a nuestros actos, en este caso a mi anterior mirada  intimidatoria, pero resulta todo lo contrario. En vez de eso siento su mano acariciándome detrás de mi codo, jugando con los duros pliegues de mi articulación mientras las escenas de pasión entre los protagonistas se proyectan en la pantalla.

Su maniobra logra desconcertarme.

“¿Pero qué tipo de caricia es esa?, este tipo… ¿de qué coño va?”. Estoy desorientada a la vez que me las arreglo para reprimir la risita temblorosa que me provoca su caricia en esa zona tan propensa a las cosquillas.

“El codo. ¿Qué coño pretende acariciándome el codo?. ¿Qué zona es esa para acariciar? Y lo qué es peor…¿cómo se supone que debo reaccionar ante una caricia de ese estilo?. Si me tocase la pierna de nuevo, lo tendría claro, un buen bofetón y se acabó. Pero… ¿el codo?.” . Me preguntaba si alertar a mi esposo o dejarlo estar, si montar un numerito en la sala u optar por la discreción. Todo esto me ponía nerviosa y no entendía por qué mi respiración comenzaba a agitarse de los nervios.

“¿Cómo explicarle a mi esposo que me sentía acosada por que me estaban acariciando en el codo?”. Posiblemente fuera yo quien hiciera el ridículo al pasar por paranoica.

El caso es que ese tipo de caricia aunque maliciosa por su parte, no me molestó, así que no me moví ni un pelo. Un par de cruces y descruce de piernas por los nervios pero nada más. Si se pensaba que iba a retirar mi brazo estaba equivocado. Soy muy cabezota cuando me lo propongo. Nada de amedrentarme por una caricia estúpida.

Supongo que debido a mi tozudez por no retirar el brazo que unos minutos más tarde el tipo traza suaves caricias con sus uñas contra el interior de mi brazo mucho más descarado. Mi cuerpo esta vez responde haciendo que los pelitos se ericen y que mi piel se ponga entera de gallina por todo el cuerpo. Provocando un escalofrío que se detiene en mi pecho sensibilizando mis pezones que se ponen de punta contrariándome.

“¿Pero qué tipo de pervertido es este hombre?", me pregunto mientras le permito que me acaricie en zona tan ridícula como es el codo y su alrededor provocándome absurdas cosquillas más que  otra cosa, aunque mi pecho parecía no responder de la misma forma. Al margen de mis contradicciones pensaba sobre todo en no alertar a mi esposo. Si se entera de lo que pasa adiós al  fin de semana romántico planeado, así que mejor optar por la discreción y esperar que pasase el tiempo.

“De todas formas ya se cansará” pensé creyendo que desistiría de tan ridículas caricias. “Eso sí, como se pase le arreo un bofetón de cuidado” me dije irritada por la situación.

Supongo que debido a mi pasividad y mi risa contenida que el muy osado se atrevió a acariciarme el brazo desde el codo a la muñeca y desde las pulseras de la muñeca al codo de nuevo. Repitió la caricia tres o cuatro veces. A cada cual lo percibía más envalentonado. Es en la última cuando sus dedos no se detienen en la barrera que forman mis pulseras, sino que continúa acariciándome por el torso de la mano hasta dejar caer definitivamente su mano otra vez sobre mi rodilla, presionando mi pierna entre sus dedos por ambos lados en plan “¿qué vas a hacer ahora?”.

Yo pego un bote de mi asiento por acto reflejo nada más sentir su mano y su caricia en mi pierna.

“Joder, se ha pasado” pienso al notar su mano aferrada a mi pierna dispuesta a arrearle un bofetón y terminar con toda esa situación tan ridícula y esperpéntica, pero mi marido disipó mis dudas al mostrarse disconforme con reacción violenta alguna por mi parte que llamase la atención.
.-Schhhist- me chistó mi marido. -No me dejas oír-. Me recriminó el muy memo que no se enteraba de nada.

“¡Encima!” pienso yo estupefacta mientras observo cariacontecida a mi marido. “El tipo de al lado metiéndome mano y tú pasando de todo” pensé mientras observo a mi esposo indignada. El muy bobalicón me ignoraba por completo.

Lo peor es que durante este intervalo de tiempo de conversación insípida con mi esposo en la que espero algo de apoyo por su parte, ha permitido al atrevido vecino a proseguir acariciándome la pierna a la altura de la rodilla sin el menor miramiento. Por eso que cuando regresé en situación del monumental enfado con mi marido lo miré recriminándole su osadía con todo el odio que pude transmitir en mi mirada. De poco me sirvió. Si bien mi acosador dejó de mover la mano sobre mi rodilla no la retiró de mi muslo.

Transcurrieron unos segundos interminables con su mano en mi rodilla.

¡No me lo podía creer!, el tipo no me quitaba la mano de encima... ¿qué podía hacer?. Yo miraba la mano del calvo de al lado en mi rodilla y a la vez miraba a mi marido como en un partido de tenis.
“¿Es posible que el imbécil de mi esposo no se enterase de  nada?”. Me costaba aceptar la situación. Al mismo tiempo mi lado más oscuro me recordaba que de alertar a mi esposo muy posiblemente dijera adiós a todos mis planes y mis ganas. Mis ganas, ese era mi problema para alegría del viejo verde de al lado.

Al final confusa y aturdida decido que lo mejor será tapar el asunto con la rebeca que cogí en el último momento y rezar porque la peli concluya lo antes posible.

Respiré aliviada por unos minutos al comprobar que mi vecino parecía conformarse con descansar su mano en mi pierna oculta bajo la chaquetilla. No se movió. No hizo nada. La rebequita parecía mi mejor salvación. Me relajé pensando que todo quedaría en eso. No creí capaz a mi vecino de atreverse a nada más. Los dos sabíamos que ese podía ser el límite aceptable. De hecho era perfectamente conocedor de que había llegado mucho más lejos de lo que le hubiera permitido a ningún otro hombre en esta vida.

Yo miraba la pantalla pero no veía nada. Hacía tiempo que estaba desconectada de todo argumento, tan solo era capaz de concentrarme en las sensaciones que me provocaba esa mano extraña en mi pierna. Sus dedos me parecieron grandes, regordetes como él y ásperos. De tacto su mano era mucho más callosa que la de mi esposo. Con cada respiración sólo era capaz de pensar en una cosa y era que su extremidad permaneciese estática. Que todo se quedase en eso. Permanecía concentrada repitiendo como un mantra en mi cabeza algo así como “que no la mueva, por Dios, que no la mueva”, una y otra vez sin cesar.

Por el contrario fui yo la que con el paso del tiempo y con los nervios abría y cerraba levemente mis piernas inconscientemente de vez en cuando. Y es que su mano me quemaba en la piel. Como su pulgar quedaba en la parte exterior y el torso en el interior de mis muslos fue en un lento cerrar de piernas que noté su mano totalmente aprisionada entre mis muslos. ¡Uuuhmm, menuda sensación!!.
Vale que el tío era un cerdo y un pervertido, un asqueroso, pero no era él ni mucho menos, sino la situación lo que me estaba poniendo a tono. No todos los días te mete mano un desconocido y al final el contexto tenía su puntillo picante. Todo aquello era muy extraño para mí. Trataba de controlar mis emociones.

La película hacía tiempo que me importaba un carajo. Era la situación más inverosímil en que me había encontrado en mi vida. Un desconocido metiéndome mano en el cine y mi marido sentado al lado sin enterarse de nada. ¡Será panoli!. Aunque para ser sincera y tratar de justificar a mi marido me auto complací pensando que tampoco me estaban metiendo mano, simplemente me justificaba pensando que una mano descansaba sobre mi pierna.

Con el tiempo acepté la sensación. Incluso me pareció excitante siempre y cuando mi esposo no se enterase. Eso sí, debía controlar mis actos.

“¿Y si nos descubre mi esposo?” comencé a divagar. Supuse que el vino que ingirió mi marido en la cena lo confundiría. Nos habíamos bebido la botella entre los dos y eso que yo me tomé apenas un par de vasos. Supuse que de descubrirnos nunca lo tendría claro debido entre otras cosas a que la mano permanecía oculta bajo la chaqueta y en parte a la oscuridad de la sala. Siempre le podría decir que eran imaginaciones suyas. Que había bebido mucho vino en la cena y que eran los celos los que no le dejaban pensar con claridad. No sé si se lo creería pero al menos sería lo que todos creerían. Además tampoco entendía que fuera contándolo por ahí a todas nuestras amistades y familiares, y siempre sería su versión contra la mía. Todo quedaría en todo caso entre él y yo. Lo bueno de ser una buena esposa durante estos años atrás es que ni se podía imaginar lo que estaba sucediendo, me refiero a  mi permisividad con el garulo de al lado. Porque me gustase o no, era lo más excitante que me había ocurrido en mi vida. Pensé en ello.

Me puse triste al pensar lo aburrida que había sido mi vida al respecto. Conocí a mi esposo de muy jóvenes y tampoco es que fuera de cometer locuras. Pensé en mi amiga Marga y en todas las historias que me contaba desde que se divorció. Todas las situaciones extremas en las que debía desenvolverse. Razoné que no era cuestión de gustar o no, porque a todas nos gusta agradar, que te vean hermosa, atractiva, guapa. Es más bien cuestión de aceptarlo. De aceptar que mi vida se había convertido en pura rutina carente de ningún aliciente. Y yo no era así. Antes de casarme me consideraba valiente, decidida, con iniciativa, provocadora y seductora. Así que debía aprovechar esa oportunidad. Poco a poco fue creciendo en mi cabeza una idea extravagante. Comencé a plantearme la posibilidad de portarme algo traviesa. De jugar.

Me preguntaba si estaba dispuesta a hacer lo que el lado más retorcido de mi cabecita estaba sopesando hacer.  A esas alturas me preguntaba como seguirle el juego a mi vecino de butaca y alegrarle la noche. A él y a mí.

Muchos hombres a lo largo de mi vida me habían dicho lo guapa que era, otros tantos me habían insinuado que me acostase con ellos, pero a la hora de la verdad nada de nada. Y es que lo cierto es que a la gran mayoría de los hombres les asusta una mujer hermosa que tome la iniciativa.

“Ya está eso es”, pensé al recordar todas esas veces. “Tal vez sea esa la solución, asustar al tipo. Tomar yo la iniciativa. Seguro que así se acobarda y me deja en paz” razoné tontamente.

Por eso miré a mi acompañante preguntándome qué clase de tipo era,  si de los que se acobarda o de los que llegan hasta el final. Por sus pintas deduje que sería de los primeros: un cobarde.

Así es como me armé de valor y cerré mis piernas atrapando su mano entre mis muslos mientras observaba su reacción. Apenas se inmutó, continuó mirando la pantalla impasible a pesar de las sensaciones que le debía producir tener su mano entre los muslos de una bella señorita como me considero que soy. Como todo quedaba oculto entre la oscuridad y mi chaquetita,  avancé en mis intenciones y moví mi pierna más lejana a su posición arriba y abajo. Despacio, disimuladamente, buscando el acariciarme yo misma con su mano.

Esta vez sí me miró. Mi maniobra era ya descarada. Me observó por unos segundos. Los suficientes para ver que yo me mordía los labios en plan provocador. Estaba convencida de que ese sería el momento en el que retiraría su mano de mi pierna asustadizo.

¡¡Pero joder me equivoqué con ese tipo!!.

Si por un  momento pensé que se batiría en retirada acojonado por mi iniciativa y sacaría su mano de entre mis piernas, hizo todo lo contrario. Mientras me miraba a los ojos, los labios y el escote, deslizó su mano decididamente desde la rodilla por el interior de mis muslos hasta que lo detuve cerrando y presionando con fuerza mis piernas allá por la mitad de mis muslos.

-¡¡Schissst!!,deja de hacer ruido, no me dejas escuchar la peli- me espetó mi marido molesto porque no le dejaba entender lo que decían los personajes en inglés.

Temí que nos hubiese descubierto pero no fue así. Sus palabras me alertaron de forma que la que me asusté fui yo. De repente estaba excitada, o al menos mi respiración se agitó de golpe por la intervención de mi esposo en momento de tanta tensión al menos para mí.

-Lo siento cari- dije al tiempo que relajaba mis muslos permitiendo a mi otro compañero de butaca acariciarme las piernas a su antojo.

El muy cabrón lo hacía despacio, me tocaba desde la rodilla hasta mitad de muslo, siempre en esa zona oculta bajo la chaquetilla. Yo no podía evitar mirarlo mientras me dejaba acariciar. El contemplaba la pantalla evitando cruzar nuestras miradas. Me parecía increíble, surrealista. Pero sobretodo muy excitante.

La verdad es que cuanto más lo observaba más incomprensible me resultaba entender como me estaba dejando acariciar por un tipo como él. El antiprototipo de mis sueños. Gordo, viejo, calvo, feote, seguro que extranjero, inglés o alemán por sus pintas de cerdo y por su barriga cervecera. Seguro que estaba de vacaciones en España pensándose que esto era un paraíso sexual o algo así. Seguro que se creía que todas las españolas somos facilonas. Pues sabes qué...  que puede que le dé la razón, porque no sé cómo lo lograba ese cabrón pero me estaba poniendo como una moto. De hecho mis caderas comenzaban a ondular presa de la excitación incontrolable.

Fui yo misma la que me moví ligeramente en el asiento arriba y abajo las veces necesarias para dejar que mi vestido se deslizase hacia arriba mostrando al completo unas piernas brillantes por el after sun. Exponiendo mi desnudez desde los pies hasta prácticamente mi tanguita.

Supo interpretar mis movimientos y en una de esas que su mano ascendió hasta colarse más allá de lo mostrado por debajo de la tela de la faldita del vestido, alcanzando esa zona donde termina la pierna y la piel es mucho más suave. Su mano casi alcanza el elástico lateral de mi tanguita. Es a la tercera o cuarta caricia cuando alcanza esa parte de mi cuerpo donde la piel cambia de color por el sol y se siente todo el calor que emana del epicentro de mi cuerpo.

 Esta vez lo miré aterrada. “No te atreverás” le transmití en una mirada llena de pánico. Su mano quedaba al descubierto de la zona de protección de la chaquetilla. Pareció leer mis ojos porque para la mayor de mis sorpresas retiró su mano por completo dejando de acariciarme siquiera y descansando su brazo de nuevo sobre el separador de butacas.

“¿Pero qué coño hace este imbécil ahora?.¡¡Pues no va y aparta la mano!!”. ¡No me lo podía creer!.
“¿Porque retiraba su mano?”. Me esperaba algo más, no sé el qué pero algo más. Estaba consternada. Y eso que al parecer mi plan estaba dando resultado. Como todos se había acojonado a la hora de la verdad. Debo reconocer que yo también me asusté por un momento. No sé qué hubiera podido pasar de explorar más allá del límite al que llegó. Temí perder el control. Por suerte no había sido así. Todos los tíos son iguales. A medias, siempre a medias.

Estaba divagando en mis nuevos pensamientos cuando el tipo me sorprendió cogiendo mi mano con la suya y la guiándola hasta ponerla sobre su bragueta. La retiré al instante. ¡¡Qué asco!!. ¡¡Menuda guarrada!!.

 Además por lo poco que lo toqué pude comprobar que el tío estaba empalmado.

Me miró y le miré nada más retiré mi mano de su regazo. Nos mirábamos.

“No” negué con un gesto de cabeza. “Eso no” traté de hacerle entender entre el movimiento de mi cabeza y el horror reflejado en mi rostro que yo no iba a acariciarlo si era lo que se pretendía.
Pero lo cierto es que su cara me dio pena. Parecía un toro furo resignado ante el toque de puntilla y eso que tenía una pinta de guiri que tiraba para atrás.

Por eso fui yo misma la que tomé su mano y la guié hasta depositarla de nuevo sobre mi rodilla. Quise que entendiese el morbo que me provocaba ser acariciada pero nada más. Eso era todo. Ese era el juego.

El tipo pareció entenderlo y enseguida comenzó a acariciarme de nuevo la pierna.

Qué queréis que os diga...a mí a esas alturas me importaba poco o nada la película. Únicamente tenía una cosa en mente. Que mi marido no nos descubriese. Por eso lo miraba atenta ante cualquier movimiento que le diese por girarse para mirarme. Pero nada de nada. Solo tenía ojos para la peli. Yo me sentía traviesa, reconozco que la situación me estaba poniendo caliente, y sólo veía el momento en el que culminar con mi esposo en la cama. Podía ser la mano de Paul Newman, o Richard Gere la que me acariciase cuando lo imaginase. No era así, pero desde luego que el gordinflón de al lado supo despertar mi lado más perverso.

Estaba perdida en mis fantasías cuando en esas que la mano del compañero se pierde de nuevo debajo de mi falda. Yo subo la chaqueta disimuladamente acompañando sus caricias para que todo transcurriese de nuevo oculto a la vista bajo la rebeca. En esta ocasión alcanza decidido el elástico de mi tanguita. Me propina un par de golpecitos con uno de sus dedos sobre la tela como quien llama a una puerta. Por acto reflejo me abro de piernas todo cuanto la butaca me permite. No sé qué es lo que se pretende pero lo dejo hacer. Conteniendo la respiración siento que levantaba hábilmente el elástico lateral con un dedo y desliza otro que me acaricia directamente sobre mis labios vaginales.

¡¡¡Joder que morbo!!!. Mi cuerpo tiembla en la silla.

Me dá la impresión que no es la primera vez que lo hace. Me pregunto a cuantas mujeres habrá dedeado ese cerdo en un cine. Casi seguro que no era la primera ni la última a la que sabe ganarse poco a poco. No sé porque ese pensamiento me humedece al instante. Me hace sentir sucia, guarra, vulgar, fácil… y eso me excita, me excita muchísimo. Contraria a todo cuanto hubiera podido pensar en mi vida estoy cachonda. Una palabra se repetía en mi mente, facilona.

Y así era porque se lo puse aún más fácil. Imposible abrirme más de piernas. Me tenía entregada a sus perversas caricias.

Con mi reacción vino su reacción, forzó la posición de su mano para intentar penetrarme con un dedo. Instantáneamente pegué un bote en la butaca que alertó a mi esposo y asustó a mi particular intruso que retiró su mano atento a las circunstancias.

.-¿Se puede saber porque no te estas quieta?- pregunta mi esposo que por suerte no nos ha pillado.

.-Es que....-no supe que responder.

.-Es que… ¿qué?. Pregunta mi esposo buscando una explicación a mi comportamiento.

.-Es que tengo que ir al baño- respondo lo primero que se me ocurre y podía ser verdad.

.- ¡Pero si queda poco para que acabe!.- Exclama mi esposo. -¿No te puedes aguantar?-. Me pregunta.
.- No. Tengo que ir ahora-. Y dicho esto me incorporé de la butaca dispuesta a ausentarme un rato e ir al lavabo.

Por suerte no había nadie en el baño de señoras en esos momentos. Aproveché para hacer un pis. Una vez dentro de  la cabina y al bajar mi prenda más íntima que me doy cuenta de que hay una pequeña mancha en el centro de la tela. Había comenzado a humedecer mi tanguita. Caray Sandra, quien te lo iba a decir a tus años.

Recuerdo que durante ese rato en los baños tuve el temor de que apareciese mi vecino de butaca pensándose lo que no era. ¿Eso es lo que suele ocurrir en estos casos no?. Que aparece el instigador en medio de los aseos y se desata la debacle. No fue así  y me alegré. Para nada me veía en más con ese tipo. Todo en sí era una locura, y lo que había ocurrido nunca debía haber sucedido. En una mezcla entre desilusión y alegría tuve clara una cosa, y es que a pesar de todo amaba a mi marido. Que quería serle fiel por encima de todo. Cuando comenzó a brotar en mí ese sentimiento de vergüenza me defendí justificándome.

“¿Fiel?. ¿Acaso lo que había hecho era ser infiel?. ¡¡¡ NO!!!!??. Ni mucho menos” argumentaba en mi cabecita que no dejaba de darle vueltas y vueltas a lo sucedido aturdida frente al espejo de los baños.

“Simplemente....simplemente era lo más excitante que había hecho en mi vida.” Me repetía.

“¿Pero qué había hecho?.” Trataba de razonar.

“Sandra..¿ y si os llega a descubrir tu marido?. Ha estado a punto de pillaros. Si te descubre….” Me sonreía pícaramente por lo sucedido mientras me repasaba el carmín de los labios.

“Bueno no ha sido así. No te ha pillado porque no se entera de nada. Ya verás cuando se lo cuente a mi amiga Marga” sugirió mi lado más travieso.

“De esto ni una palabra a nadie. Ni tan siquiera a tu amiga Marga” rebatía mi sensatez.

Yo misma me sumerjo en un monólogo interno mientras me miro en el espejo y me lavo la cara con agua fría tratando de templarme. Era el reflejo quien me respondía y contrariaba cada argumento juicioso. Si mi yo razonaba sensatamente, mi reflejo, esa imagen que no soy yo, se empeñaba en señalarme lo contrario.

“¿Qué hubiera hecho mi amiga Marga en estos casos?.” Me pregunté. “La guarra de ella seguro que se hubiera quitado el tanga y se lo daba al tipo que la ha manoseado. Así el pobre se podría pajear a gusto pensando en ella” imaginé hipotéticamente.

Ese pensamiento, por muy tópico que pudiera parecerme, me produjo un escalofrío en todo el cuerpo de abajo arriba tan real que provocó que mis pezones se erizasen de golpe. De repente me imaginé a ese viejo gordinflón sacudiéndosela a mi salud.  ¡¡Hay Dios que asco!!

“No te atreves”. Pareció replicarme mi propio reflejo en el espejo.

“Ni loca”. Me auto afirmé en no cometer semejante locura.

“Estrecha”. Me respondió el avatar imaginario en mi cabecita.

“Decente”. Me dije a mí misma.

“Mojigata, monja, tonta, remilgada, antigua,…” me retaba mi propio reflejo.

“Madre, esposa, ejemplar, señora…” me justificaba en mi mente.

“Te arrepentirás toda tu vida” argumentó mi lado más oscuro.

“Me arrepentiré toda la vida” repitió mi parte más sensata, y es ahí, de repente, cuando me doy cuenta de que en algo estaban de acuerdo ambas partes.

“No puede ser. No puede ser que pienses lo que estás pensando” y es que ante la verdad inamovible anterior comienzo a sopesar la posibilidad de cometer semejante travesura. De una cosa estaba segura, y es que me arrepentiría toda la vida de no hacer nada.

“¿Porque no haces una cosa?”. Me dije tratando de poner paz entre lo que me gustaría que sucediese en mi fantasía y lo que debía suceder en mi raciocinio.

“Te quitas las bragas. Total, ya lo has hecho algún día al salir del gimnasio en mallas o al subir de la playa seca. Te las guardas en el bolso y decides lo que hacer al llegar a la butaca. Es una noche loca ¿no?”. Recordé la sensación de frescura que me producía las tardes que recorría el corto camino entre el gim y mi casa sin bragas bajo mis mallas o las veces que subía sin  nada bajo el vestido de playa.

“Por supuesto que no es lo mismo pero quien no prueba no opina”. Así que ni corta ni perezosa meto mis manos bajo el vestido y tiro hacia abajo del elástico por los laterales hasta que mi tanga se atasca en los tacones. Levanto una pierna y luego la otra para deshacerme de ellas.

 La casualidad quiso que entrara una persona en el baño en esos  momentos, por lo que nerviosa perdida como estaba estrujo mi tanga en mi puño y salgo despavorida del aseo. A lo que me doy cuenta estoy en medio de los pasillos del cine en dirección a la sala de proyección con mis bragas en la mano.

La sensación es increíble aunque apenas puedo recordarlo. Estaba como en una nube, la secreción de endorfinas es tan grande que voy como drogada. Tal vez por eso tropecé al pasar por delante del asiento de mi acompañante. Para no caer tuve que sujetarme a la butaca de delante. Mis braguitas cayeron de mi puño al suelo justo delante de mi manoseador quien debió recogerlas de inmediato mientras me sentaba en mi butaca ante la mirada desaprobadora de mi esposo. No por nada, sino por hacer tanto ruido a mi regreso.

.-Es ya casi el final- me recriminó una vez más mi esposo como de costumbre.

.-No podía aguantarme- traté de excusarme al tiempo que me abrazaba a mi esposo reclinándome sobre el asiento a su cuerpo mucho más de lo necesario para que mi vecino pudiera verme bien mi culo desnudo y comprobar que no llevaba bragas. Sabía bien de mi posición por la vez anterior.

Por supuesto que quise mirarlo a los ojos para ver su expresión mientras me agarraba mimosa al brazo de mi esposo y por supuesto que no me defraudó .Babeó como el cerdo pervertido que era. Incluso tuvo que acomodarse varias veces su miembro en el pantalón, el cual le incomodaba oprimido bajo los calzoncillos. Entendió que en mi nueva pose era imposible arriesgarse a acariciarme. Se retorcía una y otra vez en su asiento mientras yo lo miraba de reojo. Me gustaba contemplar cómo me miraba. Se me comía el culo con la vista. Nunca me habían mirado así. Me refiero a la lujuria que desprendían sus ojos. Ni mi marido las primeras veces que me desnudé para él de novios. Podía adivinar en sus pupilas dilatadas todas las guarradas que se pensaba en hacerme.

Ni me había percatado. Al parecer la película estaba acabando. Me senté correctamente antes de que en la pantalla apareciese el mítico “the end”, momento en el que mi vecino de butaca se incorporó y se esfumó aún con la sala a oscuras. ¡Qué  pena! Pensé. Me estaba divirtiendo y todo llegaba a su fin. Para cuando encendieron las luces pude ver que mi vecino había dejado una tarjeta de visita en su asiento. Me llamó la atención y procedí a coger y guardar la descuidad tarjetita en el bolso antes de que mi marido se diese cuenta.

.-¿Te ha gustado?- me preguntó mi esposo.

.-Uhmmm, uhmmm- asiento con la boca pensando “no sabes tú cuanto” mientras abandonamos la sala.

Al recorrer los pasillos centrales para salir del cine mi marido me informó que antes debía ir al baño. Él no había ido en toda la peli. Es mientras pierdo a mi esposo de vista en el servicio de caballeros cuando saco la tarjeta del bolso intrigada por saber quién podía ser la persona que me había hecho disfrutar la mejor sesión de cine de mi vida.

Mi sorpresa cuando veo que se trata de una tarjeta de propaganda de una discoteca en la ciudad no muy lejana a donde nos encontrábamos.

Disco Bar El Cid. Consumición para dos personas.

Podía leerse en la tarjeta.

.-¿Dónde vamos?- me pregunta mi marido nada más salir del baño cogiéndome por la cintura.

.-Llévame a bailar- le respondo.

.-Como quieras pero...¿dónde?- pregunta ajeno a toda movida.

.-Mira esta tarjeta. ¿Probamos?- le sugiero.

Mi marido me la quita de la mano. Observa el mapa impreso y lee luego el reverso.

.-“Consumición para dos personas” lee en voz alta. –Podemos probar- me ratifica la respuesta. Me coge del brazo y me guía por las calles. Por suerte no pregunta de dónde he sacado la tarjeta ni nada, tan solo se ha fijado en la gratuidad de las consumiciones y en lo que se ahorraba.

Tal como indicaba la tarjeta, a escasos cien metros tras doblar la primera esquina, vimos el letrero luminoso del disco bar. Me gustó caminar provocando el vaivén de mis nalgas bajo el vestido, que sin duda llamó la atención de muchos viandantes que me observaron envidiando la suerte de mi marido. La noche prometía, para nada me arrepentía de haberme quitado el tanga. Lo sucedido en el cine me animaba a continuar con mis travesuras. Mi marido disfrutaría de una hembra en celo aunque él poco contribuía a la labor. Ya estaba yo para encargarme de todo, como siempre. Mi intención era bailar, posiblemente me rozaría con otros hombres que esperaba me llevasen al mismo grado de excitación que el tipo del cine y hacerle el amor a mi esposo al llegar al apartamento. Parecía el anticipo de una de esas noches para recordar, y vaya si la recordaría.

Una vez cerca del local vimos que había una gran aglomeración de gente en la puerta, y destacaban dos enormes porteros con cara de pocos amigos que controlaban la entrada.

Nos fuimos abriendo paso entre la muchedumbre y al llegar a la puerta de acceso enseñé la invitación a uno de los gorilas de la entrada. Tras examinarme detenidamente, desenganchó de la pared una gruesa cuerda de color rojo que franqueaba el acceso y nos hizo una indicación con la cabeza para que pasáramos dentro.

El disco bar estaba de bote en bote, la música excesivamente alta, las luces y los flash eran mareantes y el ambiente olía tremendamente a sudor. Aún con todo se notaba que el bar estaba de moda y eso suplía todos los inconvenientes. Cogí a mi esposo de la mano y empecé a recorrer el local por los alrededores. Me iba abriendo paso casi a empujones por los pasillos que bordeaban una pequeña pista de baile y la separaban de pequeñas mesas con asientos acolchados. Imposible describir mi excitación al rozarme con la gente. ¡Si supieran!.

La iluminación fuera de la pista de baile era casi nula, solo los innumerables focos de todos los colores y que no dejaban de girar sobre la pista mantenían constantemente una semi penumbra en los espacios destinados a las mesas. Tras dar una vuelta completa al local sin encontrar una sola mesa libre, nos situamos de nuevo al lado de la puerta de entrada.

.- Esto está a reventar, -le dije a mi esposo gritándole al oído- no hay manera de encontrar una mesa vacía- concluí.

.-¿Y si vamos directamente a la barra? – sugirió mi marido a quien veía sediento y agobiado.

Con una amplia sonrisa en la cara, cogí a mi esposo otra vez de la mano y empecé a abrirme camino nuevamente por el pasillo que conducía a una barra en el extremo más interior del local.

El pasillo estaba casi completamente bloqueado por la gente, y en un momento dado necesité alertar en el hombro a un joven de mediana edad con camisa color vino que charlaba a grito pelado con una chica para que nos dejase paso. El chaval al notar que era descaradamente empujado por alguien, se giró algo chulesco  quedándose justo de frente a mi cara.

Tras mirarme bien de abajo arriba durante unos segundos, sé retiró un poco hacia un lado para dejarnos el paso libre. Sin soltar la mano de mi esposo en ningún momento, tuvimos que pasar por delante de él dándole la espalda, pero era tan poco el espacio que había para pasar, que supongo fué inevitable que mi culo entrara en contacto con el miembro del joven que me había abierto el camino. Joder, pude sentir todo su rabo empalmado restregándose por mi trasero. Menuda sensación. ¡Y yo sin bragas!. Recuerdo especialmente ese roce porque me puso como una moto. Estaba sucediendo todo conforme lo esperado. Menudo polvazo le iba a pegar a mi esposo. Ya me estaba mojando solo de pensarlo. Pero debía tener paciencia y alargar el momento.

No sin pocos esfuerzos llegamos por fin a un extremo de la barra, que para variar estaba también completamente llena. Allí permanecimos a la espera de encontrar un hueco por donde colarnos a pedir nuestras consumiciones, tanto mi esposo como yo mirábamos la barra atentos.

De improvisto, advertí que al lado de donde estábamos nosotros, dos chicas se separaban de la barra con sendos vasos en la mano. Rápidamente, cogiendo a mi marido de la cintura, me dispuse a ocupar el espacio libre antes de que se nos adelantaran.

La verdad es que en aquel pequeño hueco solo cogía uno, así que me situé delante de los dos, frente a la barra, con mi esposo  a la espalda y con mi culo clavado en su entrepierna. Para nada lo noté duro y me propuse que eso debía cambiar. Conozco a mi marido y sé lo manejable que puede llegar a ser si está burrón. Me giré para mirarlo a los ojos al tiempo que movía mi cadera delante y atrás provocando tímidos golpecitos entre su miembro y mi trasero. Puse esa carita de niña mala que sé tanto lo provoca y en algo me siguió el juego aunque estaba más por la labor de pedir las consumiciones.

Tras la barra había varias camareras escasamente vestidas, con pantalones cortos o minifaldas escuetas que atendían a los clientes por sectores. Nosotros nos encontrábamos en el lado más interior de la sala. A nuestra derecha tan solo había un hombre mayor sentado en un taburete y bebiendo algún tipo de licor, con la espalda casi apoyada en una pared enmoquetada donde terminaba la barra, junto a una puerta de color verde oscuro que tenía un letrero que decía "PRIVADO". Lo reconocí nada más llegar, era el tipo que estaba sentado a mi lado en el cine, no lo quise mirar descaradamente para no alertar a mi esposo ni darle pista. Simplemente me miró y yo lo miré. Ambos nos sonreímos al reconocernos. No le presté mucha atención. Estuve más por la labor de ignorarlo aunque sabía que tarde o temprano contribuiría a  mis intenciones. De alguna forma él había sido el desencadenante de mi estado de ánimo.

Por el momento quise concentrarme en pedir las consumiciones. En cuanto tuve la menor oportunidad le hice señales a una camarera con grandes tetas para que viniese a atendernos. Se nos acercó tras varios intentos fallidos hasta que vino a preguntarnos. Tras ver la invitación que llevaba en la mano nos preguntó que deseábamos tomar. Me llamó la atención que la chica intercambió una curiosa mirada con el tipo de al lado, el del cine, aunque en esos momentos no le dí mayor importancia.

.-Un gin tonic y un whisky con coca cola- le hice saber. Es lo que normalmente bebemos mi marido y yo cuando salimos. Tardó poco tiempo en preparar las copas.

Tras servirnos los combinados, cogí los dos vasitos y me dí la vuelta quedando de espaldas a la barra ofreciéndole el whisky a mi esposo que quedaba de esta forma frente a mí. Mi marido me agarraba de la cintura a una mano mientras dábamos pequeños sorbos a nuestras copas, de manera que nuestros cuerpos quedaban totalmente pegados. Nos movíamos al ritmo de la música y de cuando en cuando nos dábamos cortos besos en la boca que demostraban nuestro amor. De esos momentos recuerdo que me gustaba botar bailando disfrutando de la sensación del vaivén de mis pechos y mis nalgas. De reojillo pude comprobar que el vecino de butaca del cine no me quitaba ojo de encima y yo me moví exagerando mis movimientos provocándolo, en plan mira lo que te pierdes, esta noche voy a ser sola de mi marido, ¿no ves cuanto lo quiero?.

Por ende entre mi esposo que no se enteraba de que iba la fiesta y yo intercambiábamos frases cortas sobre el local y sobre la música, y de tanto en tanto mi marido me iba piropeando a su estilo:

.-No sé qué te pasa pero estás realmente guapa esta noche, -me decía morbosamente al oído- me considero muy afortunado de que estés a mi lado. No te haces a la idea de cuánto me gusta verte al despertar por las mañanas-. Siempre me dice las mismas tonterías cuando está algo subido de tono. Me encanta que se suelte y me diga esas cosas aunque sea envalentonado por los efectos del alcohol. Desde luego yo ya iba con lo mío por delante, todo hacía presagiar una gran noche.

Desconozco si nuestro compañero de barra podía escucharnos, no me hubiera importado. Lo que si noté enseguida es una segunda mano en mi cuerpo. La de mi marido que me cogía por el talle, y otra que manoseaba más descaradamente mi culo, sin duda la del hombre mayor sentado a nuestra derecha que volvía a las andadas como en el cine. Quise fijarme en él detenidamente, aparentaba al menos cincuenta o cincuenta y cinco años. Aunque nosotros estábamos de pie y él en un taburete, calculé que no debía de medir más de un metro sesenta de estatura, con su prominente barriga que difícilmente cogía tras la camiseta que llevaba, con alguna mancha y en bermudas. No se había cambiado desde el cine. Impresentable.

Pude corroborar que era prácticamente calvo, solo le quedaba algo de pelo en la parte posterior de la cabeza y le llegaba hasta las sienes, de un color cano, sin llegar a ser aun blanco. Estaba bebiendo algún licor que olía a demonios, con unas manos y unos dedos pequeños pero gordos, y que presentaban un color casi amoratado. Unos dedos ásperos de los que recordaba su tacto y que apenas unas horas antes me habían acariciado a su antojo.

Lo mire con excesiva seriedad y sin duda él advirtió que mi expresión no era precisamente receptiva a su caricia en esos momentos. Demasiado arriesgada dada la proximidad de mi esposo. Mi intención era que solo me mirase y nada más. A pesar de mi mirada prosiguió acariciándome el culo aprovechando que mi marido no veía más allá de mi boca, entre otras cosas porque lo entretenía con el intercambio de pequeños picos mientras él me decía piropos varios acerca de lo hermosa que le parecía a su modo tan cursi, pero que lograba sus resultados.

Reconozco que me distraje al escuchar los piropos que me lanzaba mi esposo mientras el desconocido abuelete me metía mano de nuevo. Si bien al principio me puso tensa al poco me producía una sensación de lo más excitante en mi estado de semi embriaguez. El morbo era increíble. Ese viejo verde seguramente tenía mi tanga en sus bolsillos, y su mano en mi culo mientras mi esposo me hablaba boca con boca. Sobrepasaba mis expectativas.

Debimos permanece así varios minutos hasta que en una de esas el viejo me propinó un pellizco en uno de mis cachetes, inevitablemente pegué un bote, y eso debió mosquear a mi marido quien interrumpió la conversación para preguntarme:

.- No te estará molestando el tío este, ¿verdad?- efectivamente mi marido se había mosqueado con el vecino de barra, aunque ni se podía imaginar lo que verdaderamente había sucedido entre nosotros dos antes de ese pequeño incidente en el que se sorprendió.

.- Déjalo, cari. No le digas nada, no quiero malos rollos, nos vamos a casa y olvídalo- le respondí dándole un nuevo beso en la boca tratando de poner serenidad en todo ese asunto y retirarnos a la cama.

Justo en el momento en que mi marido se disponía a abandonar la barra cogiéndome de la mano, y parecía que todo terminaría ahí, el hombre del taburete en una mezcla entre español e inglés se dirigió a nosotros:

.-Perdonad si en algo os he molestado. Os ruego que me disculpéis. No os marchéis por mi culpa, dejad que os invite a otra copa-. Y sin dejarnos tiempo a reaccionar, le hizo una rápida señal con la mano a la camarera de tetas grandes que inmediatamente sirvió otro par de copas frente a nosotros. Eso explicó su intercambio de miradas anterior.

Me llamó la atención el acento y la voz de aquel individuo. Era la primera vez que lo escuchaba y resultaba casi paternal, como si nos hubiera hablado un sacerdote o algo así. Sin apenas consultarlo entre nosotros, mi marido se apresuró a dar un sorbo a su nueva copa, y aunque yo permanecía un poco molesta, decidí aceptar también la invitación. Más por no contrariar a mi esposo que otra cosa. Aunque no me hizo ni  pizca de gracia que ese tipo entablase conversación con mi esposo. A saber lo que podía contarle. Tenía mis temores. En cambio mi esposo parecía que solo veía una segunda copa gratis sin sopesar las consecuencias de la invitación.

Debido al volumen de la música no pude escuchar las primeras palabras que intercambiaron y lo que le dijo mi marido a aquel tipo, lo único que sé es que el viejo apuró su copa de un profundo trago y me miró  de arriba abajo, pero sin ningún tipo de expresión en su redonda y un poco colorada cara. Tras saborear la copa  mientras me miraba pude escuchar que le decía a mi esposo:

.- Es realmente guapa, y no niego que tiene un cuerpazo. Por favor, no te enfades, ya deberías de estar acostumbrado a que la gente la mire. Es realmente un bombón.- Me seguía sorprendiendo el tono de su voz. Era como si nos estuviera sermoneando suavemente, como si quisiera justificarse. Como si la culpa fuera mía y no suya.

Lo que más me sorprendió era la cara de bobalicón con la que lo escuchaba mi esposo. Por un momento lo vi orgulloso de su esposa. Por primera vez en mucho tiempo lo encontré encantado de presumir de mujer. Cada vez que el viejo me piropeaba, mi marido se ahuecaba vanidoso. Me alegré del esfuerzo que habían supuesto días y días de dietas  y restricciones. No sé, fue un extraño sentimiento de orgullo y complicidad entre mi esposo y yo. Y sin embargo mi sexto sentido me tenía en alerta. Ese tipo se tramaba algo y había embaucado a  mi esposo.

.-Veréis, yo soy el dueño de este local, y digo del local, no del negocio, - nos comentó en el mismo tono paternal de antes.

- Podéis llamarme Don Alfonso, aquí todos me llaman así. Este chiringuito lo abrimos hace ya mes y medio, y yo siempre estoy sentado aquí, contemplando a la gente, me gusta observar a la clientela, y velar por el negocio- se explicaba el hombre al tiempo que mi marido asentía con la cabeza siguiéndole la conversación.

Yo miraba asombrada a mi esposo, sin entender por qué le seguía el juego al tipo. ¡Si mi marido supiera toda la verdad!. Pero sobre todo miraba a ambos desconcertada sin entender por qué aquel hombre nos contaba todo eso a nosotros. Conforme fue hablando y explicándose había algo en su voz, en su rostro, en sus gestos que hizo me olvidase del incidente de la metida de mano y hubiera desaparecido mi mal humor. Su conversación parecía inocente cómo si solo quisiese conocernos un poco.

.-Reconozco que sois una de las parejas más atractivas que he visto por aquí, -continuo contándole a mi esposo con su cara regordeta- y no han pasado desapercibidas para mí las miradas de hombres y mujeres hacia vosotros desde que habéis entrado en el local.- Continuaba halagándome. Porque aunque se dirigía a los dos por un igual, estaba claro que se refería a mí.

Mientras hablaba y sin darnos cuenta nosotros, había vuelto a indicar a la camarera de las tetas grandes que volviera a llenar nuestros vasos, y sin enterarnos ya estábamos con la tercera copa de la noche sin contar el vino que nos habíamos tomado en el restaurante. Demasiado alcohol para mi marido y para mí.

.-El joven de la camisa color vino sin ir más lejos, -continuaba explicándonos con su voz de cura- en el pasillo cuando os dirigíais hacia aquí, si se hubiera acercado un poco más a esta bella señorita, le podría haber destrozado el bonito vestido que lleva- prosiguió explicándose con su particular acento mezcla de español y de inglés.

Mi esposo y yo nos mirábamos entre desconcertados y divertidos. Era cierto que el tío nos había estado observando desde que habíamos entrado, y estaba al tanto de las peripecias que habíamos corrido hasta llegar a la barra. No sé por qué a mí no me extrañó, si me había visto entrar seguro que no me quitaría ojo, pero a mi esposo le llamó la atención. Yo estaba un poco tensa por lo que ese hombre pudiera decir, no conocía de sus intenciones y además no podía olvidar que escondía mi tanga en algún lugar.

.-En fin, -continúo diciendo con un tono como de resignación- Yo no hubiera podido hacer esa atrevida jugada. Desgraciadamente, lo que me cuelga de entre las piernas ya solo me sirve para mear. No es por la edad, tengo menos de la que aparento, pero los excesos, principalmente en cuanto a alcohol y tabaco de mis años jóvenes me están pasando ahora factura. Ya casi lo único que puedo hacer es observar- hablaba de su vida y de su caída virilidad como si fuera de lo más normal.

Tal vez por eso confieso que el vejete empezaba a caerme bien con su locuacidad. Incluso sentí cierta lástima por él. De esta forma me explicaba que disfrutase de otra manera, desarrollando otras habilidades. No parecía tener intención de delatarme, a todo lo más buscaba entretener a mi marido. Aún con eso y con todo permanecía alerta pues estaba claro que algo se tramaba.

A todo esto, la música seguía a un altísimo volumen, para poder escuchar lo que nos decía Don Alfonso era necesario estar muy cerca de él, y nuestro nuevo amigo maduro metía su cara entre las nuestras para hacerse oír. Bueno no solo su cara, porque al poco de conversar pude sentir de nuevo su mano apoyada en mi cintura en el lado contrario a la de mi marido.

.-Sé perfectamente lo que estáis pensando, -nos sorprendió diciendo tras una breve pausa para darle unas caladas a su copa- estáis pensando que soy un pobre viejo verde que ya ni siquiera puede follar, pero os equivocáis de todas todas- dijo entreteniendo a mi esposo al tiempo que su mano comenzaba a deslizarse de mi cintura a mi culete.

La verdad es que toda la situación en sí me tenía un poco desconcertada. Yo seguía con la espalda casi pegada a la barra, y tanto mi esposo como aquel tipo me tenían cogida de la cintura con una mano mientas con la otra sujetaban sendas copas. La iluminación seguía siendo escasa y de nuestra cintura hacia abajo era difícil distinguir cualquier cosa a no ser que se pusiera mucha atención y se aprovecharan los reflejos de las luces que no paraban de relampaguear.

.- Sabes…- le dijo el hombrecillo mirando a mi esposo mientras deslizaba su mano por debajo de la falda de mi vestido.

.-Hay muchas formas de dar placer a una mujer - le contaba a mi marido sentado en el taburete con las piernas semiflexionadas  abiertas en casi un ángulo de noventa grados.

- De hecho, debido a que ya raramente se me levanta, he adquirido ciertas habilidades que dan a las mujeres incluso más placer que una penetración-. Le contaba a mi esposo al tiempo que su mano se perdía debajo de mi falda. Menuda rostro que le echaba el tío.

El tontorrón de mi esposo estaba tan ensimismado con las explicaciones que no es enteraba de nada cuanto ocurría entre la barra, mi cuerpo, su mano y mi falda. Era evidente que el tipo guiaba la conversación según le interesaba y que poco a poco tanto mi cuerpo como el de mi esposo  quedaron totalmente pegados entre las piernas abiertas de nuestro acompañante.

Yo hacía tiempo que había perdido el hilo de la conversación. Tan solo era capaz de concentrarme en las sensaciones que me provocaba la mano de ese tipo sobándome el culo a placer delante de mi esposo. Cada vez que su mano descendía más allá de la tela del vestido y alcanzaba a acariciarme la piel desnuda de mis muslos yo sentía un estremecimiento en todo mi cuerpo que me hacía temblar. Estaba como en una nube en la situación más inverosímil que hubiera imaginado jamás. Bueno, eso ya lo dije en el cine, pero es que ahora más.

Ya sabéis como son los tíos y la facilidad que tienen para cambiar de tema, de mujeres a coches y de coches al fútbol. Recuerdo que tanto mi esposo como el viejete hablaban de sus respectivos equipos cuando empecé a notar que la mano del interlocutor se deslizó por debajo de mi falda algo más descarada alcanzando a acariciarme la piel desnuda de mis nalgas. Irremediablemente me sujeté a dos manos al brazo de mi esposo para no caer presa de los nervios y la excitación. El tipo se estaba pasando de la raya. Mire a mi esposo el cual continuaba contrariando a nuestro anfitrión acerca del fútbol y de su equipo preferido. Al parecer el abulete era del Madrid y mi esposo defendía a su Barcelona de toda la vida. Hacía rato que yo era incapaz de mirar a nuestro acompañante, tanto como el que su mano llevaba acariciándome por debajo de la tela del vestido a placer. Sólo era capaz de mirar a mi marido el cual parecía embobado por el dichoso fútbol. Yo tiraba de su brazo para que terminase la conversación y marchásemos de allí. El abuelete y su destreza me estaban poniendo muy, pero que muy cachonda. Yo ya tenía bastante como para destrozar a mi marido en la cama al regresar al apartamento. Por supuesto que el tipo se percataba de todo, sobretodo de mi estado y del entusiasmo de mi esposo por el fútbol.

De repente uno de los dedos del abuelete alcanzó a acariciarme en mi labios más íntimos.  No le fue difícil su maniobra, tan solo requería de osadía. Una desfachatez que desde luego le sobraba a aquel gordinflón porque alcanzó a acariciarme sin dejar de mirarme a los ojos al mismo tiempo que le seguía la conversación a mi esposo.

Nada más sentir la proximidad de su dedo en la zona más íntima de mi cuerpo dí un respingo en mi posición.

Mi marido se dio cuenta del sobresalto de mi cuerpo y me miró cariacontecido preguntándose a que venía eso ahora. Inmediatamente, sin responderle ni darle tiempo a que volviera a preguntarme nada, ni que lo hiciera a nuestro acompañante, subí una de mis manos hasta su nuca y acercando con ella mi cabeza a la suya, le pegué un morreo de película, metiéndole la lengua en lo más profundo de su boca para sorpresa de su interlocutor. Mi marido asombrado por mi reacción no cerró los ojos como suele hacer, sino que miraba directamente a los míos preguntándose el porqué de mi reacción.

.- ¿A qué viene esto?- me preguntó inocente. .-¿No ves que estábamos hablando?- me dijo al tiempo que me apartaba la boca.

No quise responderle ni darle explicaciones. Tan solo lo miré fijamente a los ojos y le propiné otro beso más apasionado aún que el anterior, al tiempo que pegaba mi bajo vientre a su  paquete todo lo que podía. Cuando separo su boca de la mía me contesto acercándose a mi oído con una agitada respiración:

.-Joder cari no sé a qué viene esto pero te noto muy cachonda.- dijo despreciando la conversación con su nuevo amigo y centrando al fin su atención en mí.

Yo quise contarle a mi esposo que mientras hablaba con su nueva amistad había empezado a tocarme el culo, que al momento había notado como sus manos empezaban a subir por mis piernas. Que  llevaba un ratito masajeándome el coño a su antojo y, que joder, ese tipo sabía lo que se hacía, que estaba empapada y que estaba a punto de correrme, que tan solo necesitaba un beso suyo en esos momentos para aplacar mi fuego.

Fué el viejete quien observando mi estado de necesidad le dio un sorbo a su copa y le dijo a mi marido:

.-Será mejor que la atiendas- pronunció el muy cínico al tiempo me manoseaba a su antojo por mi espalda.

Mi marido le obedeció como el idiota ignorante que era. Yo instintivamente mire hacia ambos lados, temerosa de que otras personas nos estuvieran observando, pero comprobé con alivio que tras nuestro maduro acompañante solo estaba la pared donde terminaba la barra y la puerta con el cartel de privado, y a mi izquierda, dos jóvenes de espaldas a nosotros conversaban animadamente con dos hermosas morenas. Respiré aliviada al comprobar que cuanto ocurría en ese rincón del bar era solo cosa de tres.

Mi marido quiso hacerse el machito delante de nuestro anfitrión y lentamente empezó a descender sus manos desde mi cintura hasta mis posaderas. Me apretó con firmeza contra él para hacerme sentir su dureza al tiempo que introducía su lengua en mi boca regalándome un profundo beso lujurioso. Por un momento temí que sus manos descubriesen la incursión del vejete también por mi espalda. Situación que solventé correspondiéndole a mi esposo con otro apasionado morreo.

Fue en esas cuando quise mirar al vejete cara a cara por encima del hombro de mi esposo. El tipo no dejaba de mirarme a los ojos y se deleitaba observando las inequívocas expresiones de placer que mi semblante mostraba en la penumbra de las centelleantes luces de colores.

Quise parar aquella locura. Por eso le dije a mi esposo con la intención de detenerlo:

.-Cari, nos está mirando. No me parece bien.- le hice saber a mi esposo susurrándole en su oreja opuesta, ocultando mis labios y mis palabras al abuelete. 

.-Que se joda.- me susurró mi marido sorprendiéndome con su respuesta y mordiéndome la oreja del lado en el que se encontraba el abuelete en clara actitud de provocar su envidia.

.-No sé que coño me ha estado contando presumiendo de mujeres. ¡Encima es del Madrid!. Quiero que sepa que eres solo mía- me dijo en una actitud inusitada en mi esposo que me alegró encontrase algo de genio.

No pude más que girar un poco la cara hacia el tal Don Alfonso, mientras mi esposo me comía la oreja con semejantes argumentos. Durante ese tiempo nos aguantamos mutuamente la mirada en duelo, y tras volver a cerrar los ojos y abandonarme al beso de mi esposo el muy cerdo procedió a sobarme  el coño todo lo que quiso, incluso intentó meter un dedo en mi interior.

.-Uhhhm- gemí en la boca de mi esposo presa del morbo y el placer que me estaba proporcionando el descarado abuelete. Mi marido por supuesto se pensó que era debido a sus besos.

Mi cuerpo temblaba del gusto, tuve que agarrarme al cuello de mi esposo para no caer.

.-Eso es, que se joda- le susurré a mi esposo abrazándome a su cuello y mordisqueando su lóbulo de la oreja con mis labios en alusión a nuestro acompañante.

Es en esas, mientras nos morreamos en un interminable beso francés que siento los dedos del viejete sobre mi coño..... me está acariciando el clítoris con una de sus yemas..... de no impedirlo me voy a correr aquí mismo..... deseo que me penetre con su dedo ..... me muero de gusto mientras me beso con mi esposo.

Casi al mismo tiempo mi esposo desciende sus manos hasta donde acababan mis nalgas, las aprieta con fuerza y tira de mi hacia delante, despejando aún más si cabe el camino libre a la descarada acción que estaba llevando a cabo el cachondo vejete. Temo que sus manos se encuentren y se monte un lio descomunal. Y es que a la vez que mi marido me soba el culo siento unos dedos mágicos que juegan conmigo..... cortos pero muy gorditos..... me los está metiendo en el coño..... dos dedos. Joder cariño.... me está follando con dos dedos y tú no te estás enterando de nada, como siempre, joder….oooh….siiiih…..

Sin quererlo empecé a mover levemente las caderas, muy despacio, con mucho disimulo, acompañaba él mete y saca que Don Alfonso llevaba a cabo expertamente dentro de mi cuerpo. Mi movimiento puso duro a mi marido, al cual podía notar cuerpo contra cuerpo. El morbo era indescriptible. Mmmm..... como sabe este tío lo que le gusta a una mujer..... no sé como lo hace, pero siento esos dos regordetes dedos llegando al fondo de mi coño..... tiene toda la mano empapada con mis jugos..... siiii..... eso es, eso es...... Y mientras mi intruso me dedeaba yo le hacía señas a mi marido para que me apretase fuerte el culo con las manos.

.-Eso es cari- le susurré al odio,-cógeme bien del culo- le dije mientras le restregaba mi cadera por su entrepierna poniéndosela dura mientras el otro me manoseaba.

Puede que mis últimas palabras le sonaran a suplica a mi marido, yo también lo apretaba contra mí con todas mis fuerzas agarrándole fuerte por las nalgas. Deslicé mis manos dentro de los bolsillos traseros de  mi esposo para apretarme a él con más fuerza. Por suerte sus brazos se enroscaban por mi cuerpo y casi podía oírlo jadear. Él también estaba cachondo de verme tan encelada. Por mi parte tenía las piernas entreabiertas y estaba casi de puntillas abrazada a su cuello.

Ohhooo... siii..... siii..... me gusta...... –pensaba mientras me besaba con mi esposo - .....el coño..... me esta acariciando el coño con el dedo gordo..... me gusta..... siii..... venga, cabrón..... empuja..... métemelo..... méteme ese dedo en el coño...... siii..... asíii..... hasta el fondo..... empuja..... asiíííí..... que gusto.... estaba a punto de correrme allí mismo, de píe, en medio de la sala y a la vista de todos.

Era increíble, que situación, en medio de toda aquella gente aquel vejete tenía dos de sus dedos en mi coño, y nadie se estaba dando cuenta de nada. La gente transitaba a mi espalda por el pasillo, muchos incluso me rozaban, pero la escasa iluminación impedía que nadie observara lo que ocurría entre mis piernas. No pude resistirlo, quise acariciar a mi esposo por encima del pantalón. ¡Estaba burrón!. Hacía tiempo que no lo notaba tan duro. Apenas deslicé mi mano un par de veces sobre su entrepierna me separó y me dijo:

.-Lo siento cari- pronunció con cara de pena- tengo que ir al servicio- terminó de pronunciar para mi desconsuelo. Y nada más decirme esto me dejó abandonada allí en medio marchando rumbo a los aseos interrumpiendo la escena.

Por suerte el tal Don Alfonso retiró su mano a tiempo de que mi esposo se percatase de nada y por supuesto escuchó la explicación de mi esposo antes de marchar.

Lo miré, me miró. Se llevó los dedos que me habían penetrado en presencia de mi marido a la nariz y exhaló mi aroma más íntimo de mujer ante mi estupefacta mirada. Luego con total parsimonia dejó el vaso que tenía en la otra mano para luego hurgarse en el bolsillo de sus bermudas. Por un momento creí que  me devolvería el tanga pero en cambio sacó un gran manojo de llaves y haciendo un significativo gesto con la cabeza para que le siguiera, metió una de ellas en la cerradura de la puerta con el letrero de privado que estaba a su espalda al final de la barra.

Sin pronunciar una sola palabra, le seguí como una tonta y nada más franquear la puerta la cerró detrás de ambos. De una rápida mirada observe una pequeña habitación con una silla, una mesa escritorio y un ordenador sobre ella. La estancia estaba iluminada únicamente con una lamparilla al lado del monitor. Cuando volví a centrar mis ojos en nuestro acompañante vi que me estaba observando de arriba abajo. En esos momentos no sé por qué estaba muerta de miedo. Sin embargo el tipo me hizo indicaciones para que me diese la vuelta y me fijase en una especie de mirilla que tenía la puerta a  mi espalda. Como por acto reflejo miré a través del agujerillo que pasaba inadvertido del otro lado con la oscuridad y la penumbra de la sala.

Pude ver a los dos chicos que dejamos conversando con las dos morenas en la barra al lado nuestro y el tumulto de gente que se amontonaba detrás entre luces y destellos.

En esas sentí su mano abierta de par en par en todo mi trasero. Mi cuerpo se tensó a su contacto, todos mis músculos se contrajeron.

.-¿Pero qué hace?- le espeté al tiempo que apartaba su mano aunque no me pillase de sorpresa su intentona.

.-¿Por qué cogiste la invitación?- me preguntó -¿por qué has venido aquí?- insistió inquisitoriamente. Evidentemente no supe o no quise responder. Simplemente tragué saliva tratando de encontrar yo misma una explicación. Una respuesta que creí encontrar en la dichosa mirilla de la puerta, máxime cuando el pintoresco personaje con el que estaba en aquella salita me hizo señas para que mirase de nuevo por el agujerillo y tomase posición de nuevo. La cosa continúo donde lo dejamos y nada más reclinarme de nuevo sobre la puerta tratando de adivinar lo que ocurría del otro lado me tocó el culo otra vez desde la espalda.

Podía haberle dicho que no, que ya era suficiente, que se equivocaba, podía haber hecho infinidad de cosas distintas, y sin embargo permanecí reclinada sobre la mirilla de la puerta mirando curiosa al otro lado mientras me dejaba manosear una vez más.  Puede que en el fondo era lo que esperaba y que mi curiosidad tan sólo quisiera saber el cómo. Mi respiración comenzó a agitarse al tiempo que sus caricias eran cada vez más descaradas. Mi pasividad envalentó al viejo a continuar con su sobeteo. Yo permanecía refugiada en mirar por la mirilla fingiendo distracción, aunque todos mi ser se concentrara en la sensación que provocaba su  mano recorriendo mi culo a un lado y a otro. Sabía que sucedería algo, no sabía el qué, pero sabía que de un momento a otro mi manoseador intentaría algo más osado y atrevido. Seguramente buscaría mi límite, ese que yo misma desconocía en esos momentos.

No me defraudó, tras tocarme el culo a su antojo y sopesar bien  mis medidas y su dureza el muy cerdo se situó detrás de mí y me agarró a dos manos de la cintura. Luego lentamente, despacito, regocijándose con mi permisividad fue subiendo la faldita de mi vestido hasta dejarla arrugada por encima de mi cadera, desnudando mi culo totalmente expuesto ante su vista. Me volteé sobre el torso para mirarlo a los ojos. Tenía la cara de salido que me esperaba encontrar.

.-Es precioso- dijo al tiempo que  me propinó un suave manotazo a modo de azote que resonó por la estancia.

Opté por volver a recuperar la posición de antes, cerrar los ojos, morderme los labios y contener el leve quejido que me provocó. No quise darle la satisfacción de oírme quejar ni de verme sufrir.

.-Splashhh- un segundo manotazo con idéntica actitud por mi parte. Ni un gesto de desaprobación, ni quejido, ni señal alguna, simplemente me  mordí los labios y me aguanté.

Una vez recuperada del enrojecimiento y el picor que me produjo su nalgada abrí los ojos para contemplar por debajo de mi cuerpo como el tipo se había arrodillado a mis pies, separaba mis nalgas a dos manos, y antes de que pudiera reaccionar ni decir nada procedía a lamerme toda la raja de mi culo de abajo arriba. ¡Mierda!, nunca mejor dicho, eso sí que no me lo esperaba. Me pilló enteramente por sorpresa. Nunca nadie me había hecho algo parecido. ¡Ni por asombro!.

Repitió la maniobra tres o cuatro veces sin el menor pudor y sin reparo alguno en saborear la parte más sucia de mi cuerpo. Todo mi ser se estremeció de golpe, mis piernas temblaron al sentirme invadida por su lengua en zona tan íntima. Desde luego mi marido nunca me hubiera lamido en esa zona y de esa manera. No sé cómo describir las sensaciones que me produjo, era todo muy extraño, nuevo, pervertido, una rara mezcla entre asqueroso y placentero. Me hizo sentir sucia y contrariamente deseada. Absurdamente pensé que aquel tipo debía desear mucho mi cuerpo para hacer lo que hizo.

Puse mis ojos en blanco cuando su lengua se entretuvo en jugar con los pliegues de mi ano. ¿Qué me hacía?, y lo que me provocaba aún más desasosiego, ¿cómo se supone que debía sentirme?.

.-Joder siiih- se escapó de mi boca totalmente confundida al sentir como su lengua hurgaba en mi agujerito negro.

Mi gemido envalentonó aún más al viejo a proseguir en sus intenciones. El muy cínico sabía que nunca me habían comido el culo de esa manera, que estaba descubriendo sensaciones nuevas e inusitadas, y que estaba explorando partes de mi cuerpo intactas y nunca exploradas. En esos momentos incluso debió deducir que esa parte de mi anatomía era todavía virgen a los hombres al menos de esa manera.

Clavó sus dedos en mi carne para separar mis nalgas todo cuanto pudo y hundir definitivamente su cara entre mis cachetes. Pasó su lengua por el borde de mi esfínter varias veces antes de intentar introducirme su lengua en mi ano.

¡Dios!, cómo se supone debía sentirme, era todo tan…, tan…., tan raro para mí. ¿Gusto?, ¿placer?, ¿o guarrada?. Y ¿qué hacía yo allí?. ¿Qué me retenía?. ¿Por qué no reaccionaba?. Necesitaba respuestas.
Quise mirarlo. Sí. Lo necesitaba. Pese a todo lo marrano que me podía parecer el acto necesitaba contemplarlo. Así que apoyé mis manos sobre la puerta y arqueé más mi espalda que permanecía ahora en ángulo recto con la pared y paralela al suelo exponiendo aún más culito. En esa posición podía observar la barriga y las piernas flexionadas del viejo entre mis muslos en una visión totalmente esperpéntica. En algún movimiento pude ver que tanto su calva como su cara estaban coloradas. Sin duda le costaba respirar con su cara hundida en mi culo.

Deslicé  mi mano por debajo de mi cuerpo para acariciar la barba que me rascaba entre las piernas forzando a ese maquiavélico anciano a presionar su cara contra mis cachetes hasta casi axfisiarlo. Me hizo gracia sentir su nariz en mi rabadilla exhalando aire profundamente.

Como respuesta a mi gesto pude sentir como la punta de su lengua se abría camino entre los nervios de mi ano al tiempo que uno de sus dedos se abría camino entre mis labios vaginales. Tanto la lengua como el dedo se movieron juntos estimulando cada nervio de mi cuerpo. Aquello  me volvió loca.

.-Uuuuhhhhmmm- un gemido profundo y sincero se escapó de mi boca al sentirme ensartada por ambos orificios. Necesité apoyarme de nuevo a dos manos contra la pared para no caer. Movimiento que aprovechó mi comensal para que el mismo dedo que se había empapado de mis fluidos vaginales se abriese camino en mi ensalivado esfínter. Yo me paralicé de golpe al sentir su incursión. Permanecí quieta. Mejor dicho inquieta.

 Expectante, aunque apenas fueran décimas de segundos lo que le llevó cambiar de agujerito.

¿Pero que me estaba sucediendo?. ¿Cómo estaba consintiendo todo eso?. Era sucio, guarro, y a la vez me atrapaba en un estado de perversión infinita.

Reconozco que apenas lo noté, ni dolió cuando insertó su dedo en mi ano, simplemente me produjo una extraña sorpresa. Realmente estaba francamente asombrada por la facilidad con que ese viejo había sabido dilatarme y penetrarme con su dedo por el culo. Siempre creí que algo así dolería. Al menos me había dolido en los fallidos intentos con mi marido, y en cambio ahora…. confiaba en parte en el saber hacer de mi digitador.

Los dos permanecimos quietos  por unos momentos.

Permitió que poco a poco me fuera sintiendo cómoda con su dedo inserto en mi anillo más oscuro. Cuando supo que estaba lista comenzó a mover su dedo adelante y atrás mientras continuaba lamiendo mi cuerpo por toda esa zona como un perro.

Yo rezaba apoyada contra la puerta esperando un final. Como fuera, pero un final.

Pronto pude notar como trataba de abrirse camino con un segundo dedo. Esta vez sí noté algo de dolor al experimentar la dilatación.

.-Gggrrrr- un gruñido de dolor se escapó de mi boca al forzar la elasticidad de mi cuerpo.

.-Sccchhissst, tranquila, relájate no prietes el culo- me aconsejó mi sodomizador al notar como mi cuerpo se tensaba alrededor de sus dedos.

.- Por favor… - iba a pedirle delicadeza pero antes de que pudiera terminar la frase comenzó a mover sus dedos dentro y fuera de mi ano a un ritmo mucho mayor del que hubiera deseado.

.-Noooh- chillé esta vez al sentirme dilatada de manera tan brutal.

Reconozco que grité más por miedo a que me rompiera alguna vena o algo por estilo que por otra cosa, porque realmente tampoco fue para tanto, un pequeño ardor alrededor de mi esfínter al principio y poco más. Mucho miedo, eso sí.

Cuando  dejé de pretar los dientes y comencé a relajarme es cuando el viejo cesó en su movimiento, y extrajo sus dedos sucios de mis entrañas. Yo giré la cabeza desilusionada por el vació que dejó en  mí, y permanecí en la misma posición a la espera de que continuase donde lo había dejado. Inexplicablemente era como si necesitase correrme de forma tan vulgar.

.-Ya estás preparada- pronunció al tiempo que contemplaba  como se incorporaba para ponerse en pie detrás de mí casi al unísono que sin poderlo ver bien escuchaba el sonido de una cremallera. Acto seguido sentí el tacto suave e inconfundible de un prepucio apuntando contra mi esfínter, la proximidad de sus manos guiando su pene al tiempo que se rozaba contra la piel de mis nalgas y las cosquillas que me producían los pelillos de sus piernas acariciando las mías.

“No, no, no, no, no, no” era todo cuanto pude pensar en esos momentos paralizada y horrorizada por cuanto supuse iba a suceder y sin embargo ni hice, ni dije nada salvo cerrar los ojos, morderme los dientes y negar con la cabeza alborotando  mi pelo en plan niña mala, pero  nada más.

Antes de que pudiera incluso tomar consciencia de lo que se pretendía ese pedazo de cerdo ya tenía la puntita de su polla inserta en mi ano.

.-NooooooooOOOOOOOOH!!!!- se me escapó un grito desgarrador que incluso yo misma temí se escuchase del otro lado de la puerta. Hasta el viejo a mi espalda se detuvo alertado por mi grito. Ambos nos quedamos mudos e inmóviles por un instante.

El silencio se quebró cuando mi pretendido sodomizador se aferró a mis caderas a dos manos y me dijo con voz tranquila y serena:

.- Tranquila, voy a ir muy lento para permitir que te  acostumbres, quiero que me avises si te duele ¿entendido?- pronunció tratando de transmitirme confianza. Yo simplemente asentí con la cabeza resignada a sufrir.

Noté como el viejo verde ejercía más presión contra mi esfínter y empujaba decidido por metérmela de una vez en el culo. Contrariamente a lo que creía pude sentir como mi esfínter cedía a su incursión. Una vez introdujo nada más que la puntita dentro se quedó quieto. Yo me mordía los labios y permanecía concentrada en un solo punto de mi cuerpo. Mis músculos se tensaban y relajaban al ritmo de mi respiración. Las sensaciones que transmitía mi cuerpo en esa zona era un leve escozor que era sobradamente contrarrestado por el placer mental, el morbo y la curiosidad. No entendía ni comprendía como me estaba dejando follar por el culo. Pero ahí estaba, impaciente por acabar. Realmente lo necesitaba llagados a ese punto. Necesitaba sentirme capaz y realizada conmigo misma por vencer todos mis temores y sobrepasar mis límites.

.-¿Lista para continuar?- preguntó el garulo a mi espalda.

.-Siíh- pronuncié con la voz desencajada por las sensaciones.

Entonces pude sentir como el viejete me clavaba los dedos en la cintura y empujaba con fuerza tratando de sodomizarme definitivamente.

.-Para para, me duele- le hice saber tratando de aguantar el dolor que me produjo este nuevo intento por su parte. Agradecí que se detuviese cuando llevaría la mitad de su polla inserta.

.-¿Quieres que me retire?- preguntó con voz temblorosa.

.-No- le dije dispuesta a aguantarme y llegar hasta el final.

Entonces continúo empujando con decisión y firmeza hasta que pude sentir sus peludas pelotas golpeando en la suave piel de mi trasero, señal inequívoca de que me había empalado casi hasta el final.

.-¿Sigo?- me preguntó deteniéndose una vez más.

.-Uhm, uhm- asentí con la boca cerrada dispuesta a soportar el envite final.

Así fue.

Firme, contundente y de forma imparable, empujó con todas sus fuerzas contra mí. Su barriga chocó contra mis nalgas y sus pelotas colgaban entre mis piernas como si fueran mías.

.-¿Ya?- pregunté a sabiendas que no podía quedar ni un solo milímetro de polla por penetrarme.

.-Joder sí, está toda dentro- me informó el viejo agarrado a mi cintura sin soltarme ni despegarse ni un milímetro de mi cuerpo.

.-Entonces ¿Por qué no te mueves?- lo provoqué.

.-¿Quieres que te folle el culo?- me preguntó regocijándose de la situación.

.-Eso es, cabrón, quiero que me revientes el culo- lo incité una vez más.

Nada más escuchar mis palabras  el guiri gordinflón cambió la posición de sus manos. En vez de sujetarme de la cintura se apoyó con las dos manos en mis hombros forzando mi posición en un ángulo aún más recto. Fijaos, qué ironía eso del recto. En esa posición comenzó a moverse adelante y atrás provocando un ardor en mi esfínter que me quemaba por dentro.

El muy cerdo me propinaba golpes secos y contundentes, y cada vez que llegaba al final realizaba un pequeño movimiento circular con su cadera y hacía fuerza desde mis hombros presionando con fuerza mi cuerpo contra el suyo.

.-No dices nada, ¿te gusta?- se regocijo al ver mis muecas de dolor contenido.

.-¿Eso es todo?. ¿No sabes follar mejor?- le pregunté tratando de ser yo la que se burlase de él.

.-¿Conque te gusta jugar duro, eh?. Pues toma esto- pronunció al tiempo que arremetió con fuerza y contundentemente desde la puntita de su polla hasta meterme los huevos dentro.

.-Y esto- pronunció al tiempo que repitió movimiento.

.-Eso es cabrón, dame duro, ¿lo oyes?. Dame bien duro- lo provocaba.

.-¿Así?, ¿te gusta así?- me preguntaba al tiempo que jugaba a moverse deliberadamente lento y luego rápido y duro.

.-Joder siiih, me gusta, me gusta, me gustaaaaah- grité al tiempo que notaba como el dolor inicial desaparecía para estimular zonas de mi cuerpo inexploradas hasta entonces. Demasiados nervios concentrados en un solo punto. Deslicé mi mano por debajo de mi cuerpo hasta alcanzar a acariciarme el clítoris yo misma. Estaba convencida de que podría disfrutar de uno de los mejores orgasmos de mi vida sino del mejor.

El viejo al ver mis intenciones me recogió el pelo en una cola de caballo y me sujetó del cabello con una sola mano mientras deslizó la otra por debajo del top de mi vestido hasta alcanzar a acariciarme uno de mis pechos sin dejar de reventarme las entrañas. Porqué así es como me sentía en esos momentos, reventada en mis entrañas. La increíble sensación de rozar su asqueroso miembro con la yema de mi dedo a través de las membranas de mi cuerpo cada vez que me introducía yo misma mi dedito era apoteósica. Capaz de provocarme un orgasmo en tiempo record. De hecho mi cuerpo comenzó a agitarse espasmódicamente mucho antes de lo que hubiera podido imaginar.

.-Me corro- susurré entre gemidos tratando de alertar a mi sodomizador.

.-Lo noto- me hizo saber. Y es que con cada convulsión de mi cuerpo  mi esfínter aprisionaba con fuerza su miembro dentro de mí. Agradecí su esfuerzo por no apresurarse. Me concedió el tiempo suficiente para que estimulase convenientemente mi clítoris y alcanzase un orgasmo.

.-Aaaaaah- abrí la boca tratando de coger el aliento suficiente para lo que se avecinaba e inevitablemente se me escapa un gemido incontrolable.

.-Me corrroooh- vuelvo a pronunciar esta vez más entrecortadamente que antes por mi agitación. A esas alturas el ritmo al que torturo mi propio clítoris es frenético. Yo misma me someto a un ritmo brutal, mucho mayor que la cadencia a la que me están reventando el culo.

.- Joder siiiih, me viene- grito a sabiendas que no voy a tardar ya mucho en disfrutarlo.

De repente mi cuerpo colapsa de placer, mi espalda se agita presa del orgasmo, de mi boca se escapan gemidos incontrolables. Sabe que me estoy corriendo y no se detiene, al contrario aprovecha para pellizcarme levemente el pezón que lleva un tiempo torturando de tal forma que mi cuerpo estalla en una bomba de placer atómico.

Tontamente siento sus píes golpeando mis talones, por suerte continúa empujando mientras mi placer aumenta. Mi piel está hormigueando. Mi vista comienza a fallar del delirio, Por fin exploto en un maravilloso y escandaloso orgasmo.

.-Sssssiiiíhh, siiiiiíh, siiiiiiih, joder siiiiiiiiiih- grito mientras me corro. Y tras cuatro o cinco sacudidas mi cuerpo comienza a recuperarse.

.-¿Ya?-me pregunta el garulo  mientras me observa.

.-Ya- respondo algo más serena mientras vuelvo a la realidad, y es en esas cuando comienza a molestarme de nuevo el movimiento al que soy sometida en mi ano.

.- ¿Y tú?- le pregunto esperando que su respuesta me indique que no le queda mucho, pero solo escucho por respuesta el sonido de sus bufidos a mi espalda.

Creo adivinar lo que quiere. Quiere que se lo diga y estoy dispuesta a complacerlo.

.-Córrete-le digo con la voz más perversa que encuentro dentro de mí- córrete dentro de mí, en mi culo- me giro para mirarlo a los ojos con la cara más obscena que logro poner.

Es entonces cuando con una fuerza inusitada e inesperada para mí tira de mi pelo hasta obligarme a arrodillarme delante de él a sus pies. Inevitablemente su miembro sale de mis entrañas como quien descorcha una botella.

.-Ay- chillo del dolor que provoca su mano forzándome por el pelo.

.-Abre la boca- me ordena al tiempo que tira de mi pelo. Obedezco. Solo quiero que todo eso acabe cuanto antes.

.-Quiero verte los pechos- pronuncia desesperado.

Accedo a su perversión. Tampoco quiero que me manche el vestido, así que arrodillada como estoy a sus pies elevo mis manos por detrás de mi nuca hasta deshacerme el lazo que sujeta los tirantes de mi vestido. La tela cae desnudando mis pechos ante su vista.

.-Joder que tetas más ricas tienes- y mientras me mira los pechos con cara de salido se la sacude a escasos centímetros de mi cara. Su fuerte olor me provoca nauseas. Cierro los ojos y trato de retirar mi cara todo cuanto cede de mi pelo.

No tarda mucho en correrse, una primera sacudida salpica mi cara. Si había abierto los ojos los vuelvo a cerrar. Una segunda sacudida se enreda en mi pelo. Por suerte las últimas gotas caen sin fuerza en mi pecho resbalando por mi piel.

.-¿Ya?- le pregunto yo esta vez.

.- Joder si- pronuncia resoplando por el esfuerzo. –Hacía tiempo que no me corría así- pronuncia mientras se exprime él mismo su miembro ante mis ojos que enseguida pierde fuerza.

.-¿Debo sentirme halagada por ello?- le preguntó tratando de que termine por soltarme definitivamente del pelo.

.-Anda límpiamela- pronuncia haciendo intención de metérmela en la boca.

.-Ni lo sueñes- le respondo cerrándome en banda a esa posibilidad.

.-Solo un poquito- insiste.

.-Te he dicho que no. Esa cosa tuya acaba de salir de mi culo, No pienso metérmela en la boca. Ni te haces a la idea de los gérmenes que puedo pillar- le suelto una lección de higiene que seguramente nunca había recibido.

.-Vamos chúpamela un poquito y así luego le dás un beso a tu esposo- se ríe de mi pulcritud.

.-Cabrón- le insulto

.- Y tu puta-  me replica. No lo aguanto.

.- Splash- le arreo una bofetada. -Abre la puerta- le ordeno acto seguido.

.-Mira, tu marido está ahí, no querrás que te vea salir de aquí con esas pintas- me hace indicaciones para que mire por la mirilla.

No sé por qué le hago caso. Pero efectivamente compruebo que mi marido está al otro lado de la puerta como loco tratando de localizarme.

.-Mira, será mejor que salgas por esa otra puerta. Te adecentes un poco en el baño, y al menos te vea regresar de esa dirección- sugiere con acierto.

.-Puede que tengas razón- pronunció al tiempo que me dirijo a la puerta indicada.

.-Espera- suelta en el último segundo antes de que abra el pomo, -¿puedo quedármelas?- me pregunta sacando mi tanga de su bolsillo y enseñándolo a mi vista.

.- Por supuesto. Son todo tuyas- le respondo.

Menos mal que le hice caso pues mi esposo estuvo un poco mosqueado a mi regreso por la tardanza. Lo calmé con un beso en la boca con toda mi alma, porque si algo necesitaba en esos momentos era regresar al apartamento y hacerle el amor a mi esposo.

Sabed que estuvimos follando toda la noche, fue maravilloso follar con el culo dolorido. Pero supongo que eso ya os lo imagináis.

Besos,

Sandra.


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